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La triste realidad [Amelia K. Rosenbarg]

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La triste realidad [Amelia K. Rosenbarg]

Mensaje por Shun K. Bathelier el Lun Mayo 07, 2012 9:35 pm

Le habían encargado las últimas reparaciones para el nuevo vehículo diseñado específicamente para que uno de los allegados del presidente lo manejase: En su punto de vista, era el ridículo de los diseños que le habían entregado, ¡Estúpido capitolio! Jamás había entendido la moda, y ahora estaba más que seguro que jamás en su vida la entendería.

Estaba aceitando el coche y sentía unas grandes ansias de colocar mal un cable para que explotara apenas pudiese… Pero sabía que irían detrás de las familias de cada uno de los ingenieros… Por lo que solamente gruño de mala gana terminando su labor…

Había pasado… ¿Cuánto? ¿Dos semanas? Desde que el anuncio de los juegos del hambre renacería, recordó que llegando a su casa, Serena subió a su cuarto y había escuchado sus sollozos a través de la puerta de madera. Recordó que él mismo había tenido pesadillas: La primera había sido ver su propia muerte: empalado. La segunda fue ver a su hermana destajada como si se tratase de vil carne de puerco… y la tercera era su madre clavándose un cuchillo en la manzana de Adán…

Sus sueños eran horribles y demasiado reales… Pero lo que más le dolía, era porque tenía mucho miedo. ¿Qué era más patético que un hombre temeroso ante la idea de morir? A todos le llegaba la muerte, el más que nadie lo sabía, así como su padre, el también moriría… Tal vez le calaba el hecho de que posiblemente él no tendría más futuro, su vida solo se había basado en… Peleas, disgustos y trabajo. Era un hombre patético. Se daba asco a sí mismo.

Vio unos elegantes zapatos acercarse al vehículo que acababa de aceitar, se fijo mejor mientras se limpiaba la cara con un pañuelo sucio para ver mejor al individuo que acababa de llegar… Y no pudo evitar ponerse tenso y fruncir el ceño: Era una de las allegadas más importantes del presidente.

-No está listo, vuelve al rato.- gruñó clavándole la mirada en tono claramente altanero, si bien era una chica muy hermosa… Eso daba puntos extra para que no estuviera rondando ahí y distrayendo a sus compañeros.- ¿Oíste?





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Re: La triste realidad [Amelia K. Rosenbarg]

Mensaje por Amelia K. Rosenbarg el Mar Mayo 08, 2012 11:04 am

En ese momento el humor de Amelia era de los mil demonios, era mejor que nadie se le acercase o le dirigiese la palabra porque tenía cara de que le iba a soltar un buen golpe; incluso se sentía incapaz de controlarse si Martial fuera esa persona que le hablara. Todo tenía sus razones, Amelia no se enojaba de esa manera solo porque sí y esta vez su enojo era gracias a que tenía que visitar el Distrito 6 para ir a revisar que su carro era tal como lo quería. ¿Por qué no podían llevar al estúpido mecánico y el carro hasta el Capitolio en vez de que ella tuviera que viajar? Se preguntaba una y otra vez a medida que el tren se iba acercando a su destino. Era un tren especial, venido del capitolio y que solo transportaba a unas cuantas personas; Amelia tenía un vagón solo para ella, una chica avox y dos agentes de paz que venían con ella como guardaespaldas.

Cuando el tren llegó a la estación ella esperó a que los demás pasajeros bajaran para ser la última en salir y así fue. Los dos Agentes de Paz acompañaron a la ojiazul hasta el taller –que estaba relativamente cerca- cuidando de que nadie se le acercara, pues su ropa empezaba a llamar demasiado la atención y no dudaban que algunos se atrevieran a acercarse para pedir limosna. Sin mucha demora llegó por fin al endemoniado taller y fue ahí donde una sonrisa de satisfacción se asomó por sus labios finos, el diseño era justo como lo había imaginado y pedido. Se acercó un poco más, haciéndoles una señal a los Agentes de Paz para que la dejaran arreglar el asunto ella sola y éstos le hicieron caso.

Un joven, de buena altura y buen cuerpo, parecía estar arreglando el carro y las facciones de Amelia se vieron nuevamente surcadas por el disgusto. El carro debía estar terminado ya, ella no se iba a esperar a que ese chico lo terminara. Su ira se incrementó cuando el chico le dirigió la palabra con ese tono tan altanero. Nadie le hablaba así a Amelia Rosenbarg.

- ¿Perdón? - preguntó con un tono incluso más altanero del que chico había usado con ella - Veo que la gente de tu... patético distrito no te han enseñado modales - comentó con desprecio y desagrado - Pero supongo que tú oíste bien las instrucciones de que el carro debía estar listo para esta hora, ni un minuto más, ni un minuto menos. - le miró con ojos desafiantes - No tener las cosas a tiempo y hablarle así a la hija del presidente debe merecer un castigo. Aunque no creo que te guste ¿verdad? - le dijo como último, con una sonrisilla malvada y haciendo uso de sus influencias. Las facciones del chico eran atractivas, Amelia nunca iba a negar eso, pero eso no le quitaba lo grosero y patético que era.





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Re: La triste realidad [Amelia K. Rosenbarg]

Mensaje por Shun K. Bathelier el Mar Mayo 08, 2012 11:46 pm

Estaba ajustando los frenos de Disco concentrado, o al menos lo intentaba, estaban demasiado suaves, ¿Quién lo había ajustado? Sabía que los de la fabrica estaban demasiado nerviosos por el pedido ya que tenía que ver con el mismísimo presidente, pero no era motivo por lo que tuvieran que hacerlo mal, ¿Cierto? Sobre todo por que era para el opresor más famoso de los últimos tiempos.

No debería importarle, pero si bien, él podía ser lo que dijera la gentuza, pero odiaba no entregar algo terminado o defectuoso.

Ni siquiera se molestó a alzar la mientras la chica hablaba, ahora que lo pensaba, entendía el traje, ¿El concepto era un cisne? Posiblemente, la vio de reojo un poco, pensando que los zapatos le recordaban a un pato sin duda... Aunque no quitaba lo bien que se veía.- ¿Tu traje esta simulando un pato, cierto?- preguntó interrumpiéndola mientras la observaba, si bien, era demasiado grosero pero le tenía intrigado la ropa que tenía, no era su intención molestarla en realidad, pero supo que había metido la pata terriblemente.

Soltó una sonrisa Socarrona.- ¿Minuto más o minuto menos? Princesa, ¿Tu vas a manejar esto y te lo vas a llevar así?...- lo pensó un momento.- Adelante.- dijo cruzándose de brazos.- Vamos, enciéndelo y vete, tal vez tengamos suerte y estalle a medio camino.- Dijo clavándole la mirada con los mismos ojos que ella le daba.

Y su mirada se encrespó intentando no pasarse de la raya.- ¿Hija del presidente? ¡Ah! La muñequita que ni siquiera tiene el apellido de su padre…- bufó señalándole una banca para que se sentase, aunque hablase todo lo que quisiera, se rehusaba a dejar que el coche saliera del taller.

-Habla todo lo que quieras princesa, pero tengo que terminar tu auto.- gruño viéndola.- ¿Eh? ¿No acaso eras tú el castigo? Cualquier cosa sería mejor que tu presencia.- dijo rodando los ojos ignorando la sonrisa de la chica.

Si bien, no le importaba la relación que tuviera con su padre, posiblemente ella también usaba el apellido materno como él, su madre les había escondido su herencia Knightle por miedo a que los buscasen por ser uno de los rebeldes más pronunciados… Ahora que lo pensaba no debió haber dicho algo.-Solo son menos de 15 minutos, las piezas están demasiado flojas y podría ser peligroso que te lo lleves.- dijo a modo o intento de disculpas… Sin quitar el tono altanero de su voz.





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Re: La triste realidad [Amelia K. Rosenbarg]

Mensaje por Amelia K. Rosenbarg el Miér Mayo 09, 2012 11:23 am

El tipo ni siquiera se dignaba a mirarla, algo que desesperaba aún más a la joven Amelia; a ella le gustaba que cuando se dirigieran a ella o cuando ella se dirigiera a alguien ellos le miraran a los ojos. Pero el chico parecía encontrar más emocionante arreglar el auto que ponerle atención, esa sonrisilla malvada seguía adornando sus labios pero sus ojos denotaban esa ira interior que iba creciendo a pasos agigantados. Tenía ganas de tomar su rostro entre sus manos y obligarlo a que la mirara a los ojos, aunque se quedó en su lugar, cruzando sus brazos en su pecho. El muchacho le disgustó aún más cuando se atrevió a interrumpirla. ¿Un pato? ¡¡¿UN PATO!!? El rostro de Amelia se transformó a una mueca de incredulidad. Sintió como su cuerpo era observado por el chico y la ojiazul no iba a negar que le gustaba ser observada y en especial por un hombre, por lo que eso no le molestó en lo más mínimo.

- Veo que la moda en los distritos se limita a ensuciarse de grasa – le soltó con cara de asco, ahora era su turno de recorrerlo con la mirada, a la castaña le gustaba el cuerpo del chico, incluso le agradaba verlo con esa suciedad en las manos y en la cara. ¿Qué lo iba a decir en voz alta? Jamás. El mecánico no dejaba de sorprenderla, nunca nadie le hablaba así y si alguien lo hacía, lo pagaba muy cara. Escuchar que la llamaba “princesa” provocó que quisiera arrancarle la cabeza con las manos. Hoy en día nadie la llamaba así, absolutamente nadie; no se lo permitía ni siquiera a Martial (quien lo había echo cuando ella era una niña) – No te atrevas a llamarme así nuevamente, mecánico. O abstente a las consecuencias – le advirtió, mirándole con un desagrado total.

El comentario que le soltaron de su apellido ni siquiera le afecto y no se molestó en contestarle. Hacía años que había dejado de importarle si llevaba el apellido de Martial o no; él no era su padre biológico y ahora no lo vía como tal, sino como otro hombre. El siguiente comentario si que le hizo soltar una pequeña carcajada sonora y cantarina.

- Mi presencia puede resultar placentera para muchos, pero tu no eres uno de ellos – le dijo con una sonrisa pícara – En todo caso tu compañía no es la más placentera, podría vomitar incluso. Tu ineptitud es lo que me mantiene aquí y quiero llevarme ese auto ahora. Si supiera de estas cosas, yo misma lo hacía. Así que ¿me queda otra opción que esperar? No ¿verdad? – preguntó altaneramente – Entonces cállate y ponte a trabajar





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Re: La triste realidad [Amelia K. Rosenbarg]

Mensaje por Shun K. Bathelier el Mar Mayo 22, 2012 7:14 pm

El nunca había sido delicado porque nunca había pensado que era necesario hacerlo, pensaba que toda la gente era brusca considerando que su hermana lo era al igual que su madre, para él la feminidad eran puros golpes. Su madre nunca lo había maltratado, pero sí que le había puesto su estate quieto en muchas ocasiones y eso era lo que lo mantenía al margen con la sociedad.

Cuando escucho la chica replicar sobre la moda simplemente ladeó la cabeza ignorando por completo el insulto, o lo que creyó que era, en realidad, era irrelevante la moda en donde estaban, pero a la princesa parecía dolerle en lo profundo de su alma el comentario.- Si bueno, preferible grasa que ponernos plumas de animales como vestido.- dijo riéndose entre dientes mientras ajustaba las piezas. Se enderezó, observándola unos minutos.-¿Cómo? ¿Princesa? Lo siento, damita.- murmuró rodando los ojos.

Le fastidiaba estar ahí, teniendo que hacer tiempo con discusiones estúpidas con la chica con tal de poder terminar el dichoso automóvil, ya estaba terminando su paciencia y no sabía cómo poder tener una jodida plática normal con esa mujer. Era hermosa, pero con ese carácter que se cargaba, toda su imagen se destruía… Y era una lástima de belleza.

-¿Para quienes sería placentera? ¡Dios! Llevo todo este tiempo hablando contigo y ya deseo suicidarme.- gruñó apretando las herramientas con fuerza.- Y aunque pudieses hacer algo de mecánica, estoy seguro que te pondrías a llorar al día siguiente por qué no podrías ni pararte por el primer esfuerzo que habrás hecho en tu vida.- Clavó su mirada en la mujer, ¿Cómo podría callarla? Consideraba seriamente ponerle un calcetín y amarrarla hasta que terminara.

-Eso hago topo, por si no lo has notado.- gruño.


[user yo...o aqui hay tension sexual XDD]






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Re: La triste realidad [Amelia K. Rosenbarg]

Mensaje por Amelia K. Rosenbarg el Jue Mayo 24, 2012 12:32 am

- Definitivamente no sabes distinguir entre una buena tela y plumas de animal. A veces me pregunto que les enseñaran en estos inmundos distritos - contestó Amelia al mecánico, quien se reía entre dientes. La ojiazul no era conocida por ser una dama en toda la extensión de la palabra. Ella no dudaba en soltar un golpe o un arañazo a la persona que la insultara. Esa vez se estaba controlando para no acercarse al chico y soltarle una bofetada. Amelia consideraba que debía recibir un premio por ser tan paciente en ese día.

- Si quieres puedo llamar a un Agente de Paz para que te preste un arma y así puedas terminar con tu patética vida - dijo y rodeó los ojos - ¿Llorar yo? No me conoces, no hables. Yo no soy la típica chica que llora - se defendió y se llevó una mano a la cintura. Amelia Rosenbarg no lloraba por cualquier cosa, la ojiazul era una mujer fuerte y solo unas cuantas veces había llorado en toda su vida. Se guardaba el dolor y el odio, jamás le demostraba debilidad a las personas.

- ¿En serio estás trabajando? - le interrogó con sarcasmo y bufando - Yo solo veo que me recorres con la mirada - dijo con una sonrisilla al ver que el chico había clavado la mirada en ella una vez más. Sí, sí, le gustaba ser observaba y más por hombres. El chico era guapo, le atraía pero al mismo tiempo quería estrangularlo con sus propias manos. Quería coserle los labios y el brillillo en sus ojos la delataba.

Off: R: Es solo tu imaginación Rolling Eyes oksnot Sexual tension detected.
Sorry lo corto.





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Re: La triste realidad [Amelia K. Rosenbarg]

Mensaje por Shun K. Bathelier el Sáb Mayo 26, 2012 1:44 am

Esa mujer era insufrible.

-Nos enseñan lo suficiente para saber que el dinero no lo es todo.- murmuró viéndola de reojo.- Ah ser lo suficientemente autónomos para no necesitar de otra gente para poder conseguir lo que necesitamos, a tener educación y solo importarnos las plumas de animal como vestidos.- gruño mientras sus ojos se clavaban en la chica como estacas intentando apuñalarla. Y de nuevo su mirada vago por la chica. Se maldijo a sí mismo y volvió a darle la espalda apresurándose más. Era una jodida distracción esa mujer.

Rodó los ojos cuando ella hizo el comentario.- Sería buena idea, ¿Sabes? Así no tendría que aguantar tu espantosa voz.- dijo lo suficientemente alto para que lo escuchase, movía con rapidez sus manos escuchando el crujir de los engranes y una sonrisa se posó en sus labios cuando aún de espaldas cuando supo que ya había terminado. Pero cuando volvió a soltar el “veneno”, solamente rodó los ojos y siguió ajustando y desajustando con tal de hacerla seguir perdiendo el tiempo.

-Claro que no, eres la típica chica que va a llorar con su papito.- dijo con sorna mientras negaba con la cabeza, en realidad esa chica tenía toda la pinta de ser un bomba de tiempo, aunque bueno, era de su incumbencia y en realidad le importaba poco los secretos que albergaba la capitolina.

Alzó la ceja de forma despectiva cuando le comentó eso, frunciendo el ceño, no podía negar que le gustaba ese carácter que tenía, más que la forma de su cuerpo y las ropas extrañas que tenía, era extraño, como si algo lo impulsase a fijarse en ella. Frunció el ceño. Si tan solo pudiese hablar sin decir alguna estupidez, incluso hubiera intentado coquetear con ella… Pero moría cada instante en que ella hablaba.- ¿De dónde sacas eso?- gruño.- Te observo solo porque no busco la manera de cómo callarte.-

Y así solía matar las conversaciones, Aunque fuera prácticamente mentira. Si tan solo esa boca se mantuviese callada, bueno, quien sabe que sería capaz de hacer. Gracias al cielo ella era lo suficientemente desagradable para romper la pasión de cualquiera. Rió para sí.





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Re: La triste realidad [Amelia K. Rosenbarg]

Mensaje por Amelia K. Rosenbarg el Sáb Mayo 26, 2012 3:17 am

¿El dinero no es todo? Por más que lo pensaba una y otra vez, Amelia no lograba comprender lo que el mecánico estaba diciendo. Ella –que siempre había estado acostumbrada a los lujos y placeres del Capitolio- no podía aceptar esa loca idea. La ojiazul tenía todo, prácticamente todo, gracias al dinero; sin éste ella no podría tener el vestido que llevaba puesto, no podría comer los manjares que le esperaban en casa, no podría tener su propia casa y por supuesto no tendría el carro que el chico estaba terminando. Por primera vez las emociones de la castaña se reflejaban claramente en su fino rostro: confusión e incredibilidad; ni siquiera lo pudo evitar. Se sintió furiosa consigo misma y mordió con fuerza su labio inferior.

- ¿A sí? – preguntó de forma burlona – Necesitas dinero y de que termines este carro depende que lo obtengas. Y si te enseñaron un gramo de educación… no lo estás mostrando, mecánico – había respondido aunque los ojos azules de la castaña estaban puestos en la mirada del joven, de nuevo se encontraban vagando por el cuerpo de Amelia. Esa vez Amelia se vio obligada a morderse la lengua y a cerrar las manos en puños, clavándose las uñas en las palmas. La situación la estaba volviendo loca, la mirada del chico la ponía inquieta de una forma extraña porque ambos se llevaban como perros y gatos pero finalmente a Amelia le gustaba el chico, le atraía de una forma misteriosa y letal. Quizá si ambos se callaran la boca ella ya hubiera dado el primer paso y sin dudarlo se hubiera lanzado a recorrer sus brazos sucios con sus manos.

- Lo haría de no ser porque de ti depende que mi auto quede terminado – le gruñó e intentó quitarse esos pensamientos de la cabeza – Y vaya que me tocó un incompetente – susurró en voz baja pero lo suficientemente algo para que él la escuchara. Amelia soltó una risilla cuando escuchó lo de “llorar con su papito”; obviamente la ojiazul jamás lo había echo. Jamás había ido a los brazos de Martial a llorar como si fuera el fin del mundo; había llegado a sus brazos pero con otras intenciones – Pues desnudándome con la mirada no vas a encontrar la manera de callarme – le contestó con ironía y volviendo a enseñar su dentadura. Amelia se atrevió a dar unos cuantos pasos más hacia el carro e incluso hasta se sentó en la defensa y echó un vistazo rápido a como él ajustaba los engranes.

- Seguramente callas a muchas señoritas de este distrito con esos labios tuyos – comentó con tono divertido. Si se iba a quedar tanto tiempo en el lugar pensó que lo mejor era relajarse, así que de la pequeña bolsa que traía sacó un cigarrillo y un encendedor. Cigarrillos del Capitolio, lo mejor que podía existir para los pulmones y nervios de Amelia. La ojiazul sabía que no era sano pero bien le venía importando poco. Le dio la primera calada y después expulsó el humo blanco; el chico podía pensar lo que fuera de ella al verla fumar, no era algo que le importara.





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Re: La triste realidad [Amelia K. Rosenbarg]

Mensaje por Shun K. Bathelier el Dom Mayo 27, 2012 1:44 am

Shun se había negado a observarla después de su sermón bastante soso y cliché, no había cosa que más odiara que los típicos discursos de la “vida en los distritos es maravillosa”, pero sin embargo, sabía que si llegase a pasarle algo al capitolio, los distritos podrían sobrevivir tranquilamente sin necesidad de algún otro lugar. Se secó la frente y se quedó viendo de nuevo todos los engranes que había desajustado solo para hacerla perder el tiempo, y sonrió para él mismo, como niño que se alababa a sí mismo de su propia travesura.

-No lo necesito tanto.- le contestó encogiéndose de hombros.- Si tengo un foco, lo puedo cambiar por leche de cabra, y esa leche de cabra, la puedo cambiar por un poco de carne.- la contradijo un poco pensativo, si bien, el capitolio comenzaba a implementar de nuevo la moneda, los intercambios seguían estando a flor de piel en los distritos. Le otorgó a la castaña una sonrisa.- ¿Por qué debería mostrarte mi educación?-

Su mirada estaba conectada con la de la chica, cavilando un poco en esos enormes océanos azules, no solía ver mucho tiempo a la gente a los ojos, le desagradaba por completo, pero había algo en ellos que le llamaban la atención, y por primera vez en toda la conversación, agradecía que dijese toda esa sarta de estupideces, así podía concentrarse en otra cosa que un fuese ella en cuestión, Tal vez, si tan solo él fuera capitolino…-Shun, ¿Qué carajos piensas?-se reprimió, soltando un gruñido audible. Le estaba confundiendo mucho esa mujer, lo mejor sería desertar la idea de hacerle perder el tiempo.

-Entonces, estas jodida.- le dijo encogiéndose de hombros cuando ella puntualizo que de él dependía que el automóvil estuviera listo. Aunque un pequeño gruñido se le escapó de los labios ante el pertinente comentario, fue lo bastante sabio (o en su punto de vista, estúpido) para no decirle más.

Alzó la ceja y la observó unos instantes, encogiéndose de hombros.- Tal vez, pero hace la vista más placentera que ver a una mujer vestida de pato.- señalo soltando un suspiro, pensando que la paciencia estaba aflorando dentro de él… O que realmente ella había ganado ese round porque ya lo había agotado mentalmente… Prefería pensar que era que la paciencia le estaba sonriendo. La vio acercarse al automóvil y alzó la vista hacia la chica con una expresión indescifrable de incredulidad.-A tu rincón.-gruño, realmente dudando que ella fuese a hacerle caso, por lo que siguió ajustando las piezas, poniéndose ligeramente nervioso por la cercanía de la mujer.

Sonrió un poco ante el comentario.- No, normalmente son lo suficientemente listas para no dirigirse a mí.- puntualizo regresando la mirada en los ojos de la castaña, ¿Fumaba? Bueno, prefirió no hacer ningún comentario, no era su problema, él mismo fumaba cuando encontraba algún cigarro extraviado.-Aunque supongo que la que se gana el premio de silenciar caballeros, eres tú.-





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Re: La triste realidad [Amelia K. Rosenbarg]

Mensaje por Amelia K. Rosenbarg el Dom Mayo 27, 2012 2:23 am

Amelia Rosenbarg no era conocida en el Capitolio por ser la típica chica que guarda silencio o que baja la mirada ante la presencia de un hombre. Ella era todo lo contrario, fuera quien fuera el que se parece enfrente de ella, lo iba a quitar de ahí a como diera lugar; usando sus armas de seducción o con una maldición e incluso hasta un puñetazo. La ojiazul era algo contradictoria y hasta bipolar, podía ser muy “varonil” al momento de abrir la boca pero había ocasiones en que lo femenina se le desbordaba. En cuestión, todo dependía de con quien se encontrara y en esa ocasión el sujeto estaba logrando sacar su parte ruda; aunque no había que hacer mucho para sacarla. Conforme pasaban los minutos se empezaba a preguntar porque el chico no se callaba de una maldita vez y terminaba el auto. Si “tanto” le molestaba su compañía era mejor que se apresurara y tampoco se podía decir que ella estaba muy cómoda en el lugar.

- Aunque lo niegues, sí que lo necesitas. Solo tienes que mirar alrededor para darte cuenta del chiquero en el que vives – respondió de forma despectiva después de haber dado su primera calada - ¿Por qué? – preguntó con incredulidad – Por que así demostrarías que no eres un estúpido que va a la fosa común solo por esa bocaza que tienes – respondió y frunció el ceño como si tuviera náuseas, aunque era meramente psicológico. El fuego empezaba a consumir el cigarro lentamente, pequeñas partículas se desprendían del cigarrillo con lentitud, como si esperaran a que Amelia diera la segunda calada. Y así lo hizo, mientras escuchó como el mecánico le decía que “estaba jodida”. La castaña se dio tiempo para soltar el humo y le dirigió una mirada irritada – Jódeme este auto y te joderé peor – le advirtió. Quería enterrarle el tacón en el pie de forma profunda, quería darle un buen golpe en la entrepierna para que cayera al suelo y se retorciera del dolor, quería morderle los labios hasta que le sangraran… sí, ese pequeño deseo parecía estar incrementándose de forma peligrosa. No era solo el físico del chico, sino su forma de ser. Era algo nuevo para Amelia y la tenía tan jodidamente tensa, ni siquiera el cigarro le estaba sirviendo.

Ante el comentario del chico, la castaña volvió a soltar una sonrisa cantarina – Seguramente he sido lo más placentero que has visto en toda tu vida – se jactó, mirando al frente con superioridad. Él había soltado un suspiro y aquello no hizo más que pavonear a Amelia, debía significar que se estaba hartando y no había más “triunfo” para la castaña que eso; solo estaba esperando el momento en que se callara como el animal que era. – Aquí al único que le deben hablar como si fuera un perro es a ti. Tu no me das ordenes, imbécil – le soltó con voz enfadada. Amelia le dio una rápida calada al cigarro, al menos la entretenía un poco para no lanzarse al chico – O son muy cobardes y patéticas – respondió ante el comentario y después se burló. No podía imaginarse a las chicas, tan cobardes para acercarse a un chico, todo eso le parecía patético. – Si ¿verdad? – preguntó con ironía a nadie en particular ante el último comentario del chico – Pero tu eres esa excepción molesta, eres como los perros que no se cansan de ladrarle al amo.





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Re: La triste realidad [Amelia K. Rosenbarg]

Mensaje por Shun K. Bathelier el Dom Mayo 27, 2012 2:53 am

Las palabras de su madre se hacían más fuertes en su mente, y eso comenzaba a irritarle. Siempre le habían dicho que las mujeres no se les debía tocar, que debería hacer todo lo posible para ser su estancia más placentera y toda esa sarta de mamonerías que le enseñaban a todos los niños acerca de las niñas. Pero, Carajo, esta era una jodida prueba que ni él creía pasar. La mujer en cuestión parecía ser la misma menopausia en persona.

Y de nuevo, respiró hondo para no soltar una barrabasada que fuera a joder más la situación.- Prin-ce-sa esto es un taller, no una vivienda.- acentuó siseando con el ceño fruncido, si lo iba a golpear por grosero le valía un demonio, prefería el golpe que escucharla hablar.- Pues quédate con la jodida idea de que iré solo a la fosa común a descomponerme asquerosamente, como tú cuando mueras envenenada o como sea que vayas a morir.- Tenía tantas ganas de estrangularla que canalizó toda su fuerza y apretar todas las jodidas… ¡Cosas! Ya ni sabía qué demonios estaba haciendo, solo quería terminarlo para dejarla de escuchar.

-¿Joderme peor? ¿Acaso no me estas jodiendo de la peor manera posible?- realmente dudaba que en algún momento alguno de los dos se fuera a callar. Era como fuego con ácido, ambos eran letales, y por lo tanto… Carajo, sentía una atracción increíble por esa mujer. Si la hubiera conocido antes, en otra situación, pudiese haberla hecho callar de otra forma…

Y un pequeño gruñido de dolor se cernió en su garganta. Desvió su mirada a su mano y una pequeña brecha de sangre que comenzaba a salir de su palma gracias a su mismo torrente de emociones. Estaba tan ocupado con sus pensamientos que se había majado. Maldijo en voz baja. Alzó la mirada culpándola e ignorando su comentario.- ¿Podrías irte a sentar a la silla? Me estas poniendo nervioso.- le volvió a decir en el tono más amable (y lleno de ira) que pudo esbozar.

Se amarró como pudo un pedazo de tela y continuó apresurándose, la quería lejos, muy lejos de él… Aunque tenía que admitir que una parte de él no lo deseaba.- Cobardes, patéticas, al menos no son una peste.- gruño con toda la saña que pudo.

Y una carcajada salió desde su ronco pecho.- ¿Ladrarle al amo?- y una sonrisa socarrona se plasmo en su rostro, no le molestaba en realidad la analogía. Le clavó de nuevo la mirada, observándola… Y esta vez, no siguió con su comentario.





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Re: La triste realidad [Amelia K. Rosenbarg]

Mensaje por Amelia K. Rosenbarg el Dom Mayo 27, 2012 3:26 am

La chica estaba segura de que el eco del rechinar de sus propios dientes podrían escucharse hasta el mismísimo Capitolio. ¿El chico tenía algún retraso mental? No, claro que no. Solo le estaba jodiendo la vida a la castaña como nadie antes lo había echo. Que le dijera “princesa” de esa forma… deletreando cada sílaba… ¡¡Agg!! Le resultaba repugnante, como si le pusieran ácido en los oídos; era insoportable. Sus finos dedos se encontraban haciendo presión en el delicado y fino cigarrillo sin que ella misma se diera cuenta. La ira del chico se le estaba saliendo por cara poro del cuerpo: la tensión en los hombros, ese pequeño pero significativo brillo en los ojos, los notables gruñidos que se le escapaban constantemente. Era todo un “show” para Amelia y ella obviamente lo estaba disfrutando. Se relamió los labios y una sonrisa surcó sus perfectos labios rosados, una ceja la tenía en alto, como si estuviera esperando por más. Si trajera un espejo grande, la ojiazul no dudaría en ponérselo enfrente para que él mismo viera el estado en que se encontraba.

- ¿Quién dijo que irías solo? – preguntó de forma irónica – Debes de tener familiares por aquí – comentó de forma algo sádica y dándole a entender que sacaría la información con el simple tronar de dos dedos. Quizá meterse con su familia lo sacaría completamente de sus casillas y Amelia estaba jugando con fuego y cerillos; aunque estaba segura de que no se iba a quemar. Demasiado segura para considerarse sano. Pero así era ella, nada se le podía hacer – Y así verás que puedo joderte de la peor manera posible – le sonrió con maldad y hasta le guiñó un ojo, burlándose.

Lo siguiente fue inesperado para la joven, el mecánico había lanzado un gruñido pero esta vez era muy diferente. Ella también desvió la mirada a la mano del chico y observó con deleite el motivo de aquel gruñido: una herida de la que comenzaba a emanar sangre. No era algo nuevo para ella, siendo que desde pequeña había estado atenta a cada Juego que se transmitía en la televisión, al lado de Martial como su fiel acompañante. Desde esa edad se había vuelto algo adicta a los Juegos, los disfrutaba.

- ¿El niño se puso nervioso? – se burló una vez más con voz infantil. Como si fuera una madre hablándole de forma cariñosa a su crío que se acababa de lastimar, pero después soltó una risilla – Será mejor que quites tus asquerosas manos de mi carro. No lo quiero manchado de sangre – espetó. El cigarro que traía en las manos volvía a llamar su atención, ésta vez se estaba consumiendo más rápido y no tuvo más remedio que tirarlo al suelo, tirándolo a los pies del chico a propósito. Ni siquiera lo había disfrutado como solía hacerlo en casa. No pudo evitar desviar la mirada hacia sus manos, que le parecían atractivas a pesar del adjetivo que les había adjudicado. Eran fuertes, rudas y de todo un hombre. Por un instante imaginó esas manos sobre su cuerpo pero la idea fue desechada al instante. Idiota, se reprochó mientras desviaba la mirada nuevamente pero ni siquiera se movió un centímetro de su carro.





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Re: La triste realidad [Amelia K. Rosenbarg]

Mensaje por Shun K. Bathelier el Dom Mayo 27, 2012 9:53 pm

Sabía que Amelia estaba tan histérico como él, el cilindro del cigarro lo demostraba con sus marcas y en cierto modo, eso le hacía sentir mejor… Y le parecía retorcida toda la situación, quería estrangularla y por más que hablase, siempre la mujer replicaba con la misma intensidad que él. Y eso lo mantenía jodidamente encantado. La vio de reojo y notó que la mujer lo estaba observando como si se tratase de el animal más exótico del lugar.- ¿Qué tanto ves?- le dijo de mala gana.

Pero lo siguiente… Apretó fuertemente la llave, la mente de su madre se iba transfigurando a sus propios pensamientos donde la golpeaba hasta matarla. Sus manos temblaron y aventó la herramienta al suelo, no le importaba lo que dijesen de él, no se consideraba merecedor de algún buen comentario, pero su familia era lo más sagrado que tenía, y realmente no soportaba que intentasen ensuciar su nombre de las dos únicas mujeres de su vida. –Terminé hermosa... Ahora Adiós.- le dijo sin seguir su comentario sobre su familia. Ya estaba más que harto.

Se dirigió a un estante y sacó algo parecido a un pedazo de tela, la chica parecía interesada al ver la sangre, ¿Qué demonios les enseñaban en el capitolio? Los juegos habían sido cancelados, y sin embargo… Sus ojos azules demostraban cuan maravillada estaba. –Está loca.- pensó mientras veía el automóvil con una expresión neutra.

-Si, Nervioso.- gruñó rodando los ojos.- Si sigues hablando te prometo que no será solo mi sangre lo que manche tu vehículo.- le dijo acercándose al cigarro que aún humeaba soltando un suspiro, recogiéndolo para ver su herida, tenía que hacerla cicatrizar… Pero no quería hacer tal acto frente a la castaña. –Las llaves están en el auto.- dijo en algo parecido a un susurro mientras mordía su labio inferior incrustando el cigarro en su herida temblando un poco, ardía, pero así la herida dejaría de ser una molestia para él. Era horrible la sensación, las cenizas incrustándose con violencia y el no podía hacer otra cosa que ahogar sus quejidos.

Y de repente el jodido cigarro se apagó y no pudo terminar de curar su herida. Maldijo, no iba a rogarle por el cigarro que estaba utilizando, por lo que soltó un suspiro, esa era una situación que no podía controlar, la vio de reojo y de nuevo sus instintos rogaban por tocarla. Maldijo miles de veces más.





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Re: La triste realidad [Amelia K. Rosenbarg]

Mensaje por Amelia K. Rosenbarg el Dom Mayo 27, 2012 11:07 pm

Amelia lamentaba tanto que los Juegos hubiesen acabado que más de una vez le había dicho a Martial que él tenía que ser quien los volviera a poner de “moda”. Para la ojiazul los Juegos eran como su programa preferido, ese “reality show” que no se cansaba de ver por más que los reproducía en su televisión. Algunas veces había puesto el ojo en uno que otro tributo atractivo y ahí si que le daba pena que esos hubieran muerto.

- ¿Tú si puedes desnudarme con la mirada y yo no? – replicó con el sarcasmo desbordándosele. Claro, no lo había estado desnudado –aunque ganas no le faltaban- solo se había estado maravillando de lo aún más atractivo que le resultaba verlo gruñir y maldecir de la ira. El siguiente movimiento del chico hizo que Amelia saltara de la sorpresa y miedo, un latigazo frío le recorrió la espina dorsal al ver como la herramienta que él había estado usando caía al suelo. Trató de componerse y volver a “ponerse” su máscara de frialdad cuando el muchacho le dijo que había “terminado”.

- Perfecto, así podré largarme de una vez por todas – le espetó mientras éste iba a buscar una tela. A pesar de que Amelia trataba de mirarlo a los ojos su vista siempre se desviaba a su herida, que todavía sangraba. Tenía una necesidad insana de querer tocarla, negó con la cabeza como si eso fuera a remover la necesidad – No te atreverías – respondió cuando él dijo que no solo su sangre terminaría en el carro - ¿Qué.. demo… - empezó a preguntarle cuando vio que se acercaba al cigarro que estaba en el suelo. Y logró sorprenderla, frunció el ceño con desagrado cuando vio que enterraba la punta del cigarro –aún con fuego- en su herida. Eso jamás lo había visto en su vida, las heridas en casa se curaban con los más caros y eficientes medicamentos que podían curar en un segundo.

- Dios, eres tan desagradable. Con suerte te dará una infección y morirás – soltó con voz irónica y con asco. Observó como él la veía por el rabillo del ojo justo en el momento en que el cigarrillo por fin moría. Lárgate ahora, pensó. El muchacho no había lanzado ni un lloriqueo de dolor, pero su rostro era una puerta abierta, ideal para saber que ardía. Otra obsesión loca y enfermiza de Amelia, el muchacho le estaba proporcionando a la castaña una nueva diversión. Sentía que la tensión la estaba matando, sus labios pedían a gritos el contacto con el muchacho, era doloroso – Maldita sea – susurró por lo bajo y abrió su bolso una vez más, sacando un nuevo cigarrillo y el encendedor. Dio unos cuantos pasos al frente y encendió el cigarro. Ese tenía que ser su acto de “bondad” del siglo entero. A pesar de todo no le tenía lastima al chico, solo quería ver esa mueca de dolor surcar sus facciones una vez más – Andando, me encanta tu mueca de dolor – le confesó, aun usando el sarcasmo y con una sonrisilla viciosa. Sin pensarlo una vez más tiró el cigarro al suelo, éste terminó a unos cuantos centímetros de él. Al menos el show la ayudaría a pensar en otras cosas que no fueran sus labios y su cuerpo.





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Re: La triste realidad [Amelia K. Rosenbarg]

Mensaje por Shun K. Bathelier el Lun Mayo 28, 2012 12:23 am

Le parecía un mal chiste toda la situación, estaba completamente frustrado y ya no sabía que carajos hacer para deshacerse de una vez del maldito asunto y poder seguir con su vida, estaba en el mismísimo infierno con el diablo vestido de mujer jodiendole la existencia. Gracias al cielo era una capitolina, lo que significaba que pronto se marcharía, ¡Rogaba porque esa mujer se marchase de una buena vez!

Estaba oscureciendo, y todos los de la fábrica habían huido apenas la conversación se había puesto salvaje, para no decir que huyeron desde el momento en que la chica pisó el lugar, y de nuevo, creyó que Dios lo odiaba lo suficiente para maldecirlo con esa presencia tan mortífera. Había terminado el maldito trabajo con un gesto de querer asesinar al primero que se me cruzara en mi camino. Seguramente me quedaría en el taller lo suficiente para poder llegar a mi casa directo a la cama.-Bien, marchate de una vez.- espetó con ojos centellantes mientras respiraba más rápido de lo normal.- Tsk, no sabes lo que soy capaz de hacer.- gruñó. En toda la conversación, gruñir era la única manera de poder comunicarse con la castaña.

Era doloroso, si bien, era normal que todos en el distrito tuvieran las manos heridas o amputadas, nunca lograba desensibilizar las manos, tal vez el dolor no era tan grande al momento de hacerse la herida, el simple hecho de curarlo era la peor tortura de todas.- ¿Quién te dijo que lo vieras?- le dijo de mala gana dejando que la chica pasase a segundo plano.- Si tanto te desagrada date la vuelta y vete.- estaba furioso consigo mismo en esos momentos, se sentía completamente patético tomando los desperdicios de esa mujer.

Observó su herida viendo lo rápido que comenzaba a cicatrizar, agradecido con el cigarro, si, con él, esa mujer no había hecho nada por él más que hacerlo miserable ese corto tiempo… Hasta que se acercó a él con esos pasos altivos e imponentes y por un segundo estuvo a punto de apresarla y destrozarle los labios con sus dientes. Vio como el cigarro volaba de nuevo al piso para luego escuchar su comentario… Esbozó una media sonrisa mientras lo recogía.- Oh, pensé que serías tu quien me querría ayudar a cerrar mi herida.- Esa mujer era sádica, morbosa y jodidamente sensual, parecía disfrutar toda la situación y con su comentario supo que era de las personas que amaban impartir dolor, Así que… ¿Por qué no tentarla?

Entrecerró los ojos viendo de nuevo la palma de su mano que no dejaba de borbotar sangre, volvió a limpiarlo y se llenó de valor, viéndola por unas instantes antes del contacto de la colilla con su piel mordiéndose el labio inferior.

¿Estaba loco por considerar la situación excitante?





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Re: La triste realidad [Amelia K. Rosenbarg]

Mensaje por Amelia K. Rosenbarg el Lun Mayo 28, 2012 1:43 am

- Me largaría si tu cara de dolor no fuera tan jodidamente divertida como lo es ahora – le confesó una vez más con una sonrisa sádica, aún no terminaba de comprender que era lo que le divertía y excitaba tanto de la escena. No era una sola cosa en particular sino que era todo en conjunto. Su cuerpo era un mar de emociones, la ira aún era algo punzante en sus venas pero algo nuevo se sumaba, ese ligero hormigueo que recorría las palmas de sus manos y sus labios de manera desconcertante, esos latigazos fríos que le subían por toda la espalda.

Su pecho bajaba y subía más rápido de lo normal, a la expectativa de que algo nuevo pasara. Él recogió el cigarro con una media sonrisa, ese simple gesto logró casi enloquecerla. Su último comentario era la cereza sobre el postre; ese hombre estaba descifrando la fórmula para lograr enloquecerla de manera rápida y eficiente. Sí, se había tardado, pero estaba dando justo en el clavo de forma mortífera. Se obligó a no mover ni un solo pie, ni un solo dedo, ni siquiera quería pestañear porque no quería perderse lo que estaba a punto de ocurrir. Los ojos azules de Amelia se dirigieron a su mano, expectantes y llenos de placer, se mordió el labio inferior de forma inconsciente con tanta brutalidad que pudo sentir el amargo sabor de la sangre en sus papilas gustativas.

Su barrera estaba a punto de derrumbarse, sentía cada uno de sus sentidos adormilados… ¿o más despiertos? Estaba confundida, el corazón le latía más rápido que de costumbre. Su cuerpo estaba siendo desconectado de su cerebro Sus ojos parecían dos llamas azules y caminó con determinación hasta que estuvo prácticamente frente al mecánico. Con una mueca de enfado tomó el cigarro de entre sus manos y ella misma lo enterró nuevamente en la piel del joven. No fue de una manera gentil, sino de una manera violenta y dolorosa, tal como a ella le gustaba. El cigarrillo solo ardió por unos segundos más hasta que se apagó.

- No te equivocabas – susurró de una manera extraña, casi como un gemido que logró colarse por entre su garganta y sus labios. Refiriéndose al último comentario del muchacho. Ahí fue cuando haberle causado dolor no fue suficiente, quería besarlo, destrozarlo con sus uñas y dientes. Tiró el cigarro nuevamente y no perdió tiempo en tomar el frente de la camisa del chico, haciéndola nudos entre sus delicadas manos. Su cuerpo entero le pedía a gritos y se complació; la castaña atrajo al chico mediante el amarre que había creado, aunque también se medio abalanzó. Buscó sus labios de manera viciosa y los encontró fácil y rápidamente, una mordida al labio inferior fue lo primero que le proporcionó. A la ojiazul no le importaba si él la apartada de un empujón, ella ya había obtenido lo que quería.





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Re: La triste realidad [Amelia K. Rosenbarg]

Mensaje por Shun K. Bathelier el Lun Mayo 28, 2012 11:39 pm

Y no pudo evitar sonreír socarronamente mientras su mirada se interceptaba con la mirada de la castaña.- ¿Divertida? ¿Qué de divertido tiene ver a alguien sangrar?-le contestó barriéndola con la mirada, se estaba volviendo loco y la falta de control se estaba yendo: Estaba a punto de tomarla entre sus brazos y demostrarle que era de divertido el dolor ajeno.

Ardía, de tal grado que sus ojos se tornaban rojos por el dolor, la carne viva cauterizándose en un burbujeante sonido que amenazaba con hacerse más fuerte si él no tenía cuidado… Al menos esta vez él fue quien se lo hizo, y no ningún animal de los que trabajaban con él. Fue cuidadoso hasta donde su propia torpeza le dejaba, pero en un giro inesperado tuvo a la chica frente a él con esa violencia que la caracterizaba. Quedó estático viéndola directamente a los ojos, relativamente hipnotizado por la chispa sádica y cruenta de sus ojos azules.

Momento y ansias que se murieron cuando la chica tomó su mano clavándole el cigarro sin piedad al cual no pudo evitar soltar un quejido de dolor, su mano tembló levemente mientras en sus ojos se notaba el dolor que él sentía en esos momentos: La ceniza se manchaba de sangre se iba volando con el escaso viento del lugar, A Shun le parecieron los segundo eternos… Y aún así, no hizo quejido alguno de dolor. Se mantuvo firme, apretando su mano buena mientras le lanzaba una mirada de odio puro a Amelia.

Dio un rápido vistazo a su mano una vez que el cigarro se apagó llevándosela inconscientemente a su pecho como si ahora pudiese proteger su herida.- ¿Ya para qué?-pensó molesto consigo mismo mientras la chica se acercaba a él peligrosamente. Se quedo quieto observando sus movimientos, bajando su mirada con expresión nula observando su camisa roída siendo amarrada mientras se iba descociendo, su ropa estaba en condición precaria como todas las vestimentas en el distrito 6.

La tomó entre sus brazos como pudo, impidiendo que se cayeran manteniendo el equilibrio cuando el beso se hizo presente: Abrió los ojos grandemente, incrédulo de lo que estaba pasando. No podía negar que él deseaba desde hacia minutos darle más que solo un simple beso… Qué demonios, no la volvería a ver en su vida.

Atrajo la cadera de la castaña a su cuerpo impidiéndole la movilidad mientras le correspondía el beso con fuerza, mordiéndole los labios comprobando que habían sido heridos anteriormente acorralándola violentamente contra la pared más cercana besándola con fiereza clavando su mirada llena de emociones mezcladas para alejarse un poco de ella.

¿Eso era atracción o deseo? No sabía, pero esperaba que se fuera pronto o no sabía que sería capaz de hacer.





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Re: La triste realidad [Amelia K. Rosenbarg]

Mensaje por Amelia K. Rosenbarg el Mar Mayo 29, 2012 12:29 am

Él no entendía el mundo de Amelia como Martial lo hacía y por eso no encontraba divertido ver a alguien sonreír.; era lo que había disfrutado desde que era una niña inocente. La pregunta se quedó en el aire, la ojiazul no tenía cabeza para contestarle. El quejido de dolor que salió de los labios del chico no logró satisfacerla, era como probar una cucharada de su postre favorito, ya no podría parar hasta saciarse por completo. La tela de la camisa del joven se empezaba a descoser entre las manos de la ojiazul, como si estuviera echa del suave satín o la cara porcelana a la que estaba acostumbrada. Su rudeza no ayudaba en nada, aunque disfrutaba del suave rasgoneo de la tela. Su cabeza le gritaba diferentes órdenes: Aléjate. Quítate. ¿Qué jodidos haces? Estás loca. Lo has dejado ganar. Finalmente ella se le había abalanzado cuando normalmente los hombres eran los que jugaban ese rol.

El bolso calló al suelo con un sonido seco, sus tacones estaban a punto de fallarle gracias a la brutalidad con que lo había atraído hacia ella. Y para su sorpresa él la tomó entre sus brazos, impidiendo lo que parecía una caída. Él le estaba dando lo que ella quería, lo que deseaba con cada célula y fibra de su cuerpo; ambos habían perdido. Sintió la presión de sus fuertes y masculinas manos en sus caderas. El sabor de su propia sangre aún le inundaba la boca, pero ésta se perdía con el aroma del chico. Sus manos se atrevieron a subir hasta el cuello del muchacho, encontrando los inicios de su cabello y jalando la mayor cantidad de cabello que había logrado tomar entre sus dedos. Quería infringirle dolor y se notaba a leguas que él quería lo mismo; ambos labios se movían con fiereza y la castaña no perdía los valiosos segundos, ella también le mordía los labios aún con más fuerza.

Sin saber como su cuerpo se vio acorralado entre una dura pared y el cuerpo del chico. El impacto fue violento; él no la estaba tratando con delicadeza y eso a ella le encantaba, la volvía loca e insensata. Sus labios se entremezclaban con ansias. Sus manos aún seguían tirando del cabello del chico cuando éste paró en seco, Amelia abrió los ojos realmente sorprendida para toparse con esos ojos llenos de emociones que ni ella misma podría traducir, le estaba siendo difícil porque en esos ojos habían demasiadas emociones mezcladas para poder definirlas. En cambio los ojos azules y profundos de Amelia solo mostraban dos cosas: deseo y diversión. Sin saber por qué, desvió la vista a las manos del chico sobre su cadera, pudo observar que su vestido blanco tenía unas pequeñas manchas rojas en esa zona, seguramente su herida fresca había dejado esas marcas. Casi se había olvidado de su herida, sonrió de manera sádica y bajó una única mano, la cuál se situó en la mano herida del joven. Pequeños hilillos de sangre aún estaban frescos y la ojiazul recorrió la herida con la excitación transformando su rostro.

Sabía que debía dolerle, aunque sus sentidos estaban enfocados en sentir la consistencia de su sangre. Sin previo aviso clavó sus unas en la mano del muchacho, justo en la herida y alzó nuevamente la mirada, esta vez dirigió una mordida salvaje a la barbilla del chico, como si se lo fuera a comer. Con ello solo quería provocarlo, quería que le demostrara hasta donde era capaz de llegar y quería que se enfadara y que descargara ese enfado en ella, en su cuerpo.





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Re: La triste realidad [Amelia K. Rosenbarg]

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